47º Día: Habitación en Shark’s Cove


25 de febrero: Pájaros patones cantarines, gallos gritones, mar, sol caluroso un día más y a levantarse en un camping, despejado ya del bullicio de un fin de semana repleto de gente. Como me vuelvo insoportable e impaciente cuando tenemos este tipo de conflictos, Alex solo se digna a pensar con tal de no escucharme más y comenta la posible solución de quedarnos la próxima semana en los shack pero al preguntarlo en recepción, le atiende la vieja nº2 agradeciéndole la honestidad de haberle comunicado que era nuestra segunda semana pero que lo preguntaría y dejaría una nota en recepción con la respuesta. Montamos en nuestras verdes bicicletas porque... estaba claro que no íbamos a perder más tiempo en su modus operandi de preguntas y respuestas, haciendo una breve parada en el super de Kahuku, para coger provisiones y pasar el día en las playas del north shore.
Después de lo sucedido con el idiota del brasuca, preferí escoger otro sitio donde ponerme bien alejado de donde solíamos estar; encontramos otra entrada a la playa del pico, una poco antes de la urbanización, pasando una barrera que daba a un parking cerrado. El mar estaba un poco pasado para el gusto de Alex, así que continuamos pedaleando por el carril-bici hacia Sunset beach y la típica batería de coches aparcados, Pipeline y su petado parking, el callejón de Rocky point hasta llegar al Foodland de Shark’s Cove, para echar un vistazo a los cartelitos del tablón de anuncios, antes de preguntar la disponibilidad en el backpackers donde se habían alojado los colegas canadienses. Encontramos uno que coincidía con un nº de teléfono que habíamos apuntado de craigslist y al llamar, atiende una mujer con voz de colgada según Alex, quien le explica que buscábamos habitación solo por una semana y bla bla bla…, quedando en que pasábamos justo en ese momento a verla. Las indicaciones que había entendido mi políglota compañero, eran de una casa con una silla blanca en la puerta, en el mismo camino del carril bici y a unas 12 casas de Shark’s Cove. La encontramos y lo más curioso para mí fue que esa casa me había llamado la atención al pasar, no solo por el cartel que tiene y dice “Welcome to the North Shore” sino porque un pensamiento cruzó mi mente: el decirle a Alex “Y si preguntamos acá?”, pero me respondí a mi misma que sería una locura golpear la puerta de una casa cualquiera y preguntar si sabían de alguien que alquilara habitaciones.
Al llegar salió Maureen, una mujer alta, rubia, delgada, muy guapa y con el pelo recogido en una coleta alta, que combinaba con gafas rectangulares de un cristal azul. Me presenté y comencé a contarle que estábamos acampando en Malaekahana y la historia de por qué buscábamos habitación, mientras nos hacía quitarnos las chanclas en la puerta y pasar a la casa. Le conté que la necesitábamos para la semana siguiente porque yo, sencillamente, no podría disfrutar de esta semana de vacaciones sin saber si tendríamos un sitio para nuestra última semana o no. Mi típica elocuente sinceridad se activó y por suerte funcionó… ella era una de las mías. La casa y la habitación eran perfectas y ella nos dijo que no tenía problemas en alquilarnos la habitación ahora que nos conocía, pero que prefería se la dejáramos pagada para tranquilidad de ambos y así también, podría quitar el anuncio del Foodland. Fuimos al ATM a sacar la pasta, le pagamos y a pesar de que Alex me preguntaba si sería seguro darle 300$ a esta tipa, yo le decía que ya no teníamos nada de que preocuparnos. Volvimos a dejarle la pasta y nos quedamos en la puerta de su casa, charlando como dos cotorras; luego de darnos su tarjeta donde apuntó el importe que le pagábamos, junto a su firma y la llave de la casa (sé que nada de esto tiene valor, pero me demostraba lo honesta que estaba siendo con nosotros para nuestra tranquilidad), mientras me contaba que el apellido de la tarjeta no era el suyo real y que se lo había cambiado porque el de su familia le daba mal karma; que estaba escribiendo un guión para vendérselo a un amigo, del buen rollo que le habíamos dado y que era masajista pero su negocio bajaba bastante en aquella época del año. La conversación continuó hasta hablar de momentos de cambio personal y terminó prestándome un libro de Eckhart Tolle, comentándome que lo había visto en el programa de Oprah y que a ella le costaba un poco entender.
Sin preocupaciones y con la única ocupación ya de ir a la playa, volvimos a V-land y todo tenía otro color… ¡hasta había buen surf! Alex tiró recto hacia el agua mientras yo me quedé totalmente enganchada al libro que me había prestado Maureen. Solo con las primeras páginas empecé a ser consciente de lo idiota que había sido al envenenarme tanto el día anterior, cuando la solución estaba llegando… mientras yo calentaba motores un día antes de que la carrera empezara. Tuve suerte de no reventar.


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